miércoles, 6 de marzo de 2019

DIARIO DE APRENDIZAJE

Hola soy Rosely Quijano, de la ciudad de Mérida, Yucatán, México. Estoy ahora llevando el curso "Mediación cultural" y me interesó porque me gustaría conocer más opciones de cómo vincular desde el entorno educativo actividades relacionados con la cultura y el arte y abrir posibilidades desde la escuela donde laboro, ubicada en una comisaría de la ciudad capital, llamada San José Tzal donde laboro en un bachillerato. Me interesa conocer opciones y propuestas para desarrollar proyectos en nuestra comunidad estudiantil enfocados en estas áreas.

  #AprendeINTEF
 #EDUcultural

viernes, 1 de marzo de 2019

El canto perenne del Ruiseñor


Me atrapó todo un fin de semana un libro como hace mucho no me sucedía, pues últimamente mis lecturas suelen ser intermitentes e intercaladas, leo uno, lo dejo, comienzo otro, y así, muy pocos logran fijar las miradas de los lectores; en varias ocasiones me he preguntado a qué se deberá, sin embargo, casi a punto de desencantarme tomo este libro que incluso prometí en persona a su autor leerlo. No es para menos, es el primer escritor yucateco contemporáneo que conocí en mis clases de literatura yucateca y al cual he seguido a través de sus cuentos; se trata de Carlos Martín Briceño quien incursiona por primera vez en los sinuosos terrenos de la novela con “La muerte del Ruiseñor”.
Novela polifónica a modo de self-referential novel (novela autorreferencial) como la catalogaría la crítica literaria, nos ofrece precisamente dos historias paralelas, los últimos años de vida del compositor Guty Cárdenas y su  trágica muerte en 1932 en el Salón Bach de la Ciudad de México, y por otro lado, la historia del proceso de escritura del autor, sus esperanzas y contratiempos, su vida familiar y su búsqueda incansable de información para convertir esa vida, tan efímera y fructífera para la música de la época, en un “texto entrañable, una historia que permanezca largo tiempo rebotando en las mentes y corazones de los lectores.” Tejida así con los sinsabores y las tragedias familiares del autor, se unen irremediablemente ambos personajes, el autor y Guty Cárdenas, bajo la sombra lúgubre de la muerte.  No obstante es un texto que se lee con la tonada de “Nunca” y “Rayito de sol” resonando de fondo, entre un ir y venir de los años treinta a la época actual y entre el vaivén de las palabras precisas, exactas, que logran que un escritor ofrezca una narración impecable donde las tensiones, el suspenso y la empatía por la preocupación constante del autor-personaje por lograr lo que finalmente logra, den como resultado este libro que sin lugar a dudas se queda resonando en nuestro corazón y en nuestra memoria.  Martín Briceño ha traído al presente con esta novela no sólo la historia del famoso compositor sino toda una tradición que se mantiene viva a través de la canción yucateca.

Casi al final se cuestiona el autor por qué escribe y se responde a sí mismo: “escribo para reafirmar mi pertenencia a este mundo, para sentir que mi vida tiene sentido” y es curioso porque yo leo por la misma razón, porque entre las páginas de libros como éste, cuando se siente una comunión inexplicable entre lo que se lee, se siente y se vive, surge la necesidad de escribir aunque sea unas cuantas líneas que a lo mejor son innecesarias porque por sí sola “La muerte del Ruiseñor” le canta al lector al oído y lo seduce.


Publicado en Novedades Yucatán el domingo 24 de febrero de 2019.
#Libros

lunes, 19 de marzo de 2018

LAS MUSAS DE LA LECTURA


La escritora Mónica Lavín dice que leemos para encontrarnos, reconocernos, para saber quiénes somos y así, poder entender mejor a los otros, por eso surgen las ideas de los libros como espejos o como ventanas. ¿Quién no se ha reconocido en un personaje de un libro? Cuando mi maestra de la secundaria me presentó por primera vez al Quijote de la Mancha, su Sancho y Dulcinea a través de las páginas y también a través del teatro con “El hombre de la Mancha”, ella y yo supimos que los libros iban a ser parte de mi vida por siempre, me reconocí en ese personaje que lucha contra los molinos de viento y su fe es inquebrantable. El camino continúo y en la preparatoria el mundo de la literatura inundó mis ojos y mis sueños, ahí conocí a Ulises, a la fiel Penélope, a todos los que habitan el Olimpo, el Hades y mucho más, gracias también a una gran maestra que  ama profundamente su profesión y la lectura; el camino ya estaba trazado y sólo seguí aquél que dos grandes mujeres me mostraron. Toda la vida las recordaré con todo el cariño del mundo y les sigo los pasos aunque ellas no lo sepan porque ambas aún siguen ejerciendo la docencia con igual ímpetu y entusiasmo y dejando huella en muchos jóvenes que, como yo, encontramos en esos años difíciles de la adolescencia un lugar o un refugio donde guarecernos. La maestra Angélica Molas y la maestra Celia Vales son las Sherezadas que aún siguen contando historias interminables y logrando que aprendamos que es posible soñar despiertos: leyendo, y que también es posible ejercer una profesión con toda la pasión y la entrega que la docencia requiere.

Los maestros en general, debemos únicamente abrir el camino, iniciarlo, si lo hacemos bien, los alumnos, parafraseando a  Machado, harán camino al andar. El sendero de la literatura es de los mejores que podemos enseñar a los niños y jóvenes, en él se encontrarán y reconocerán como un espejo, pero también  conocerán y entenderán otros mundos, otras formas de ser y pensar como ventanas, siempre y cuando se haga con genuino interés y pasión, enseñanzas así son inolvidables.
Yo, como Emily Brontë también diría en ocasiones “permítame que me tome la libertad de preguntarle cómo se las arregla para vivir sin libros”; cómo se vive sin ellos después de que fueran  dos musas con su canto de sirenas las que le dieron voz a muchos libros, personajes y autores inmortales. Los lectores, como los poetas, también tenemos musas de papel o de carne y hueso, si nos convertimos en una un buen día habitaremos por siempre en el país de los libros.


Publicado el domingo 3 de diciembre en Milenio Novedades.

miércoles, 9 de agosto de 2017

MUJERES EN LA GUERRA Y EN LOS LIBROS

Por lo general la guerra es protagonizada por hombres, contada por ellos, son sus héroes y antihéroes, su voz es la que resuena y se silencia junto con las metrallas y las bombas y su valentía es la que se reconoce con nombramientos honoríficos. Pero la premio Nobel de Literatura 2015, Stevlana Alexiévich ha dedicado su pluma a cumplir la misión de reconocer la gran labor y el papel fundamental que las mujeres desempeñaron en la Segunda Guerra Mundial, específicamente en su libro “La guerra no tiene rostro de mujer” donde recopila los testimonios de quienes participaron de manera activa y valiente junto con los hombres, incluso ocupando cargos que comúnmente sólo eran asignados a ellos;  la relevancia de estos relatos es que son la voz femenina de lo bélico, de enfermeras, pilotos, soldados de infantería, criptógrafas, francotiradoras, partisanas y otros roles de rostros anónimos que a través de este libro cobran vida con sus recuerdos, todos ellos cargados de gran emotividad que narran, por un lado,  la crueldad y la dureza de la guerra, y por otro, la sensibilidad y feminidad que aún en los momentos más críticos estuvieron presentes. En cada testimonio hay algo en común, las mujeres fueron la visión humana, la ternura y el amor al prójimo que rescata a cualquier alma desolada por los estragos de las intervenciones bélicas: “La idea era que las chicas sigan siendo tiernas como rosas de mayo, que la guerra no mutile sus almas.”

De alguna forma estas historias también se unen a las de miles de mujeres que tuvieron que huir de la guerra, como la que nos narra Françoise Frenkel en “Una librería en Berlín”, un libro desgarrador donde la autora cuenta su propia travesía desde que inicia la ocupación nazi en territorio francés y debe abandonar lo más preciado de su vida, sus libros, que como ella, son perseguidos y censurados. Su largo trayecto de huida está aunado al de otras almas que no tuvieron su misma suerte, pues logra, después de años de persecución y cárcel, cruzar la frontera y encontrar en Ginebra su libertad. Es pues la historia de una mujer valiente que nunca deja de mostrarnos, a pesar de las adversidades por las que atraviesa, una fe en la humanidad y ejemplos auténticos de solidaridad, de esos que sólo en situaciones trágicas y cruentas suelen aparecer, indescriptiblemente, en las almas humanas.
Ambos libros tienen en común mostrarnos la mirada de madres, hijas, esposas, amigas, mujeres al fin, que sufrieron y sintieron en carne y hueso la desolación de los estragos de un combate que deja huellas imborrables y que en estas páginas destilan dolor y muerte, pero a la vez amor y esperanza de mujeres únicas, valientes y tiernas que, aún sin rostro, son las verdaderas protagonistas de la guerra.
Publicado el 16 de julio de 2017 en Milenio Novedades. 




domingo, 23 de abril de 2017

23 DE ABRIL: DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO

Dada su importancia en 1995 la UNESCO oficializó este día para celebrar en todo el mundo al libro y, por supuesto, al universo tan diverso que incluye su lectura y sus lectores. El libro es para algunos un refugio, una huida a través del papel y tinta de una realidad que desean evadir, para otros es una oportunidad de conocer, amar, viajar, de dialogar, escuchar y también de encontrarse, los libros pueden ser la compañía para una soledad de un día o de toda una vida; y es totalmente cierto, como dijo Thomas Carlyle, que “los libros son amigos que nunca decepcionan”, los escritores y las historias quizá, pero los libros nunca, por eso son también el bálsamo para curar heridas, o por lo menos, un paliativo para intentar olvidarlas y sanarlas. El libro también es aventura, riesgo y rebeldía, es escuchar voces y a veces gritos que algunos no quieren que escuchemos y, paradójicamente, como añoró Sor Juana, son también el anhelado silencio. Por eso pueden ser puertas,  ventanas,  espejos, puentes o caleidoscopios, son todo aquello que nos permita expandir nuestra mente y realidad para mirar a otros y también a nosotros mismos, así algunas veces son un espejo mágico, una máquina del tiempo o un oráculo y, otras, como el agua cristalina donde se reflejó Narciso.



Los libros son de los pocos objetos, o tal vez el más antiguo, que como decía Umberto Eco "son esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos”, porque son capaces de despertar todos nuestros sentidos, la vista necesaria para recorrer las letras y comprender e imaginar; el oído para escuchar los sonidos que rodean el acto de leer en silencio o en voz alta; el olfato, para aspirar su olor a nuevo, antiguo, guardado o el aroma de las manos de quien nos lo ha prestado u obsequiado, e incluso, algunos los recordamos por su olor y no por su historia; el gusto, porque al leer aparecen alusiones a platillos o bebidas y las saboreamos, o porque en ocasiones son nuestra mejor o única compañía para un café o una comida; y el tacto, por el roce de los dedos con cada página para leerlos.  Por eso el libro físico no pasará a ser un objeto de anticuario, aunque el digital propugne en esta era por relegarlo, ambos son valiosos, pero la experiencia de activar todos nuestros sentidos a la vez conectados con nuestros pensamientos, emociones y sentimientos seguirá siendo extraordinaria y exclusiva de eso que atesoramos en los rincones o en los espacios donde habitan sigilosamente,  nuestros libros.
Publicado en Milenio Novedades. Domingo 23 de abril de 2017. 
Ilustración:  Edward McGowan

miércoles, 12 de abril de 2017

LECTURA 1 – 1 FUTBOL

Por mucho tiempo se creyó que los escritores desdeñan al fútbol y los futbolistas le tienen fobia a los libros; no es casualidad, Jorge Luis Borges y Rudyard Kipling, por ejemplo, propagaron esta fama con sus férreas diatribas en contra del deporte más popular del mundo. Eduardo Galeano puso el tópico sobre la mesa cuestionando “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”, esto dio como resultado su libro “El fútbol a sol y sombra” donde narra las anécdotas como arquero en Argelia del Premio Nobel de Literatura 1957, Albert Camus, quien alguna vez respondió, sin dudarlo, que de habérselo permitido su salud se hubiera dedicado al fútbol, y aunque consagró su vida afortunadamente a las letras en algunos textos dejó la huella de su otra gran exaltación: “Los partidos del domingo en un estadio repleto de gente y el teatro, lugares que amé con una pasión sin igual, son los únicos sitios en el mundo en los que me siento inocente”.


También el novelista Arthur Conan Doyle, creador del famoso personaje  Sherlock Holmes, fue el primer arquero del equipo inglés que evolucionó en el actual Portsmouth Football Club. Es evidente que el fútbol ha irrumpido con notoriedad en la literatura, también lo demuestran Benedetti en Uruguay;  Fontanarrosa en Argentina (“Puro fútbol”); Raúl Pérez Torres de Ecuador (“Cuando me gustaba el fútbol y otros relatos”); García Márquez, en Colombia y, en México, Monsiváis le atribuyó a este deporte el único nacionalismo a la mano, pero es indudablemente Juan Villoro quien le ha dedicado más tinta al balompié, autor de “Balón dividido” ha dicho que “los estadios existen para jugar a la magia. El mundo, para vivirla”.

En Argentina se publicó recientemente “Pelota de papel”, el primer libro escrito por futbolistas, y hace unos días la UNAM presentó el proyecto “Cómo no te voy a leer” que tiene la iniciativa de fomentar la lectura entre los jugadores de Pumas, la cual ojalá se extendiera a otros clubes. Pensando en ello, tengo por lo menos dos entrañables amigos más que aficionados, apasionados del fútbol, quienes además han sido mis mejores aliados en la que es la mía, la lectura, con ellos he podido darme cuenta que nuestros mundos convergen en algún punto, el futbol no sólo está en la cancha, también está en las páginas y, ¿por qué no?, pudiera ser cierto que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”, como afirmó el escritor  Pier Paolo Pasolini, y, por lo tanto en las canchas también hay poesía, sólo hay que saber leerla, y por eso, en esta ocasión, quedaremos en un amistoso empate. 
Publicado en Milenio Novedades. 

domingo, 2 de abril de 2017

DETRÁS DEL LIBRO

¿Se han imaginado que por cada libro que existe a su vez hay una o muchas historias sobre su proceso desde la escritura hasta su publicación? Es realmente maravilloso conocer qué hay detrás de los escritores y sus textos, pues incluso algunas anécdotas llegan a ser más interesantes que el propio libro, lamentablemente pocas veces se escriben o se conocen.


“La noche en que Frankenstein leyó el Quijote”, de Santiago Posteguillo, es un buen ejemplo de lo anterior. Relata la vida secreta de varios autores y sus obras que son hoy representativos de la literatura universal. Así, por ejemplo, retoma esa vetusta polémica en torno a la verdadera autoría de Shakespeare ¿o Marlowe?; el nacimiento de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” en una cárcel de Sevilla; la curiosa anécdota de cómo Mary Shelley escribió por un reto, precisamente Frankestein, y qué influencia tuvo la obra de Cervantes en ese proceso; los múltiples rechazos que tuvo “Primeras impresiones” de Jane Austen; la ludopatía de Dostoiewski que resultó  ser una bendición literaria para sus millones de lectores, así como las persecuciones de la Gestapo a los amigos de Kafka por poseer sus manuscritos; o también la suerte que corrió el libro perdido de Julio Verne que pocos han leído: “París en el siglo XX”; y la afortunada historia del manuscrito de “Harry Potter y la piedra filosofal” que cayó en manos de una niña cuya recomendación dio  fama mundial a  J. K. Rowling y de quien el autor opina, con toda razón, que su gran mérito ha sido lograr que millones de niños y adolescentes se acostumbren a leer, convirtiéndose en lectores que continuarán con otros libros de otros autores así hasta el infinito del libro. Estos y otros más son los relatos que encontraremos también de escritores como Conan Doyle, Saint-Exupéry, Dickens o, incluso, escritores peligrosos como William Burroughs o Anne Perry.

Los libros que hablan sobre libros son una ventana para asomarse al mundo del escritor, los editores y las editoriales. Esos mundos paralelos al libro son, en ocasiones, sombríos y tortuosos o afortunados y exitosos, pero definitivamente fascinantes. Posteguillo nos lleva de la mano a los lectores en un periplo que comienza justo en el momento en que se cierra la última página, cuando nuestra curiosidad se despierta y deseamos saber más de la persona real que dio vida al libro y el proceso que siguió hasta antes de llegar a nuestras manos y ojos de lector. 

Publicado en Milenio Novedades.
Ilustración tomada de https://es.pinterest.com/leewhiteillustr/

jueves, 30 de marzo de 2017

LOS HÉROES DE LOS LIBROS

“Un libro es un arma cargada en la casa de al lado…
 ¿Quién sabe cuál puede ser el objetivo del hombre
que ha leído mucho?” (Ray Bradbury)

Es China, hace más de dos mil años, y el primer emperador Qin Shi Huang, obsesionado por borrar toda la historia anterior a él, ordena perseguir y eliminar a los intelectuales y los libros que recojan los saberes ancestrales de esta legendaria región. En América, Fray Diego de Landa convierte parte de nuestro pasado en cenizas con su “Auto de fe de Maní” en 1562. Pero afortunadamente a éstas y muchas otras historias villanescas se contraponen algunas más actuales donde salvar al libro, ya sea del fuego, de la guerra o del mismo hombre, es la principal misión; en tiempos de guerra el libro es uno de los refugios más anhelados por una sociedad que vive entre dolor, miedo y hambre.
El bibliotecario de Tombuctú, Abdel Kader Haidara, en 2012, emprendió el rescate a través de viajes clandestinos en auto de 400,000 libros encuadernados en piel, algunos con más de 700 años de antigüedad, que se veían amenazados ante la destrucción yihadista  de sitios históricos, culturales y universidades, su rescate fue una misión exitosa que llevó a cabo con el apoyo de becas y fundaciones, pero principalmente con su arrojo y valentía sin igual para salvar libros.
En Darayya, Damasco, capital de Siria, un grupo de jóvenes instaló una biblioteca secreta en un sótano sepultado bajo los escombros y arriesgan sus vidas en busca de más libros entre los edificios bombardeados, así han logrado recopilar más de catorce mil; uno de sus lectores, aun estando en una zona de inminente riesgo, acude diariamente, es Amjad, un joven de 14 años que busca a sus autores favoritos, al poeta y dramaturgo Ahmed Shawqi y al autor sirio al-Tanawi. En busca de sobrevivir y sobrellevar la guerra uno de sus usuarios confiesa: “De alguna forma, la biblioteca me devolvió la vida. Así como el cuerpo necesita comida, el alma necesita libros" y estos jóvenes héroes han salvado, con libros, muchas almas.


Otra heroína es  la joven madrileña Isabel Leguina a quien  la gente del campo de refugiados de Oinofyta, en Grecia, sorpresivamente le pidió libros, así que decidió instalar una biblioteca con los títulos que los niños y jóvenes piden para leer, como historias de viajes, de amor y las famosas sagas de Harry Potter, aunque también solicitan diccionarios en inglés. Ella y una compañera han emprendido una campaña para recibir donaciones y poder solventar la biblioteca que las ayudará a darles la oportunidad de evadir una realidad que ellos no han elegido vivir.
Historias de héroes reales como éstas, inspiran, y tal vez nosotros no seamos héroes de los libros, sólo simples lectores, pero en estos tiempos leerlos ¿no será una forma también de salvarlos y, al mismo tiempo, salvarnos a nosotros mismos?

Publicado el 25 de septiembre de 2016. En Milenio Novedades Yucatán.


domingo, 26 de marzo de 2017

CARTAS DE AMOR

"Más que los besos, son las cartas las que unen las almas"
John Donne

El amor es un tema inagotable, se vive, sufre, goza y, en ocasiones, se escribe. Gabriel García Márquez lo hace contando una de las historias de amor más entrañables, reflejo de aquél de antaño que se alimentaba tan sólo de miradas y cartas. En “El amor en los tiempos del cólera”, Fermina Daza y Florentino Ariza sólo pueden amarse a través de la espera: “Ni el uno ni el otro tenían vida para nada distinto de pensar en el otro, para soñar con el otro, para esperar las cartas con tanta ansiedad como las contestaban”.
En la vida real siempre ha existido una especia de curiosidad por adentrarse en la vida amorosa de personajes icónicos de la historia y la mejor manera es a través de su correspondencia personal. De alguna forma estos textos pasaron con el tiempo de lo íntimo a lo público a través de libros que los recopilan y nos regalan a los lectores románticos del siglo XXI vivir la nostalgia que envuelve lo epistolar, tan lejano hoy de nuestras vertiginosas vidas. Podríamos mencionar una muy extensa lista de títulos, sin embargo estas líneas se abocarán a sólo dos en específico, a aquellos amores que llegaron a buen puerto y a otros que fueron, desde un inicio, imposibles.
Durante 7 años Juan Rulfo mantuvo un intenso y apasionado intercambio epistolar con su futura esposa y estas febriles cartas están reunidas bajo el título “Cartas a Clara”, en ellas se conoce a un tierno y enamorado Rulfo, que con cada palabra bien mereció ser amado y correspondido por esta bella mujer a quien le dice: “Y yo te digo que si existe para mí un único refugio, el primero y el último refugio que me queda, eres tú”.

La libertadora del libertador, Manuela Sáenz, lo fue en todos los sentidos, no sólo le salvó la vida a  Bolívar, también influyó en él política y sentimentalmente, pues aun estando casada mantuvieron una apasionada relación por correspondencia que hoy es pública bajo el título “Las más hermosas cartas de amor entre Manuela y Simón”, que nos dejan ver el lado más sentimental de aquellos que sólo pudieron acariciarse a través de las palabras selladas con tinta indeleble: “Llegaste de improviso, como siempre. Sonriente. Notoria. Dulce. Eras tú. Te miré. Y la noche fue tuya”.
Aunque en esta sociedad líquida en la que vivimos ya no se escriban tanto este tipo de cartas el amor seguirá impregnando páginas.

P.D: Analy y Jahaziel que su amor también sea infinito, inagotable, indeleble. 

Publicado en Milenio Novedades, Yucatán. Columna "Eclosión de letras" Domingo 4 de diciembre de 2016.

sábado, 25 de marzo de 2017

LEER EN LA OSCURIDAD

Cuando la luz se apaga y la oscuridad aparece a los lectores sólo nos quedan dos caminos, dejar de leer o hacerlo de otras formas, tal fue el caso de varios escritores cuyos ojos se apagaron, pero su genialidad no, pues nunca dejaron de leer ni de escribir.  Homero, Aldous Huxley, John Milton, James Joyce, entre otros, padecieron la peor de las enfermedades para un lector: la ceguera.
Benito Pérez Galdós, vivió sus últimos años en la completa oscuridad, trágico fin para un escritor prolífico y fiel representante del Realismo quien había anticipado, en su célebre novela “Marianela”, los pensamientos de un ciego enamorado que ve con el corazón y a quien la Nela le advierte:  “nuestra imaginación es la que ve y no los ojos”.


Jean-Paul Sartre, el  polémico y multifacético escritor, en 1964, arropado de firmeza, decide rechazar el Premio Nobel de Literatura que la Academia Sueca le otorgaba por su obra “La náusea”. Unos nueve años más tarde,  vivió sus últimos días entre enfermedades, la ceguera y desavenencias, pero se dice que su eterna compañera liberal, Simone de Beauvoir, fue quien le asistió y  leyó en esos aciagos últimos años. Germán Uribe habla sobre él y nos dice: “hay que pensar en lo que debió haber sufrido ese viejo ciego y tierno, libre y terco y por añadidura terriblemente orgulloso”.
Finalmente hay que recordar a Jorge Luis Borges, sus ojos se apagaron los últimos años de su vida, razón por la cual recurrió a lectores en voz alta, uno de los más conocidos es Alberto Manguel cuyos destinos se entrelazan cuando él era un joven empleado de la librería  Pygmalión  y a la cual acude un día el poeta argentino con su madre; por varios años Manguel será los ojos de Borges, después sus caminos se bifurcan, el primero se convierte también en  escritor y actualmente es Director de la Biblioteca Nacional de la República de Argentina, mismo cargo que ocupara el autor de “El Aleph” por dieciocho años consecutivos. Inspirado en John Milton, a quien la ceguera no lo limitó a escribir su obra cumbre “El paraíso perdido”, Borges escribe: “A los otros les queda el universo:/ a mi penumbra, el hábito del verso”.
Para un gran lector la oscuridad no es una limitante, el próximo 12 de Noviembre, en honor a Sor Juana, la Décima musa, se celebra el Día Nacional del Libro, en físico, digital, braille o audio libro, en todos sus formatos hay que seguir leyendo.
Publicado en Milenio Novedades, Yucatán. Columna. Eclosión de Letras. 


jueves, 22 de septiembre de 2016

MIEDO AL LECTOR

A lo largo de su trayectoria, el escritor, por lo general, alguna vez se enfrenta al miedo que produce la 'página en blanco' o, menos frecuente, al miedo de ser leído y, por lo tanto, comentado o criticado, probablemente porque implica exponerse al escrutinio de todo tipo de lectores. Hoy no sucede tanto debido a las redes sociales, donde estamos expuestos más que nunca a los ojos de nuestros contactos/lectores.
Sin embargo, en el siglo XIX las mujeres escritoras experimentaron con mayor intensidad este temor a publicar y ser leídas, en especial por las férreas críticas que sus coetáneos  masculinos solían hacerles desvalorizando sus textos por el simple hecho de ser producto de las plumas femeninas. Los escritores del siglo XX fueron un poco más benevolentes, por eso Jorge Luis Borges afirmó alguna vez: 


'No hay, que yo sepa, una vida más apasionada y más solitaria que la de esta mujer. Prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo'. Se refería a una gran escritora nacida en Amberst, pueblecillo de Massachusetts, que vivió  recluida en su habitación para crear, en total silencio, los más de mil poemas que componen su obra y que fueran descubiertos, en su totalidad, por su hermana hasta después de su muerte en 1886.  Se trata de Emily Dickinson, quien sólo se atrevió a ser leída en vida por pocas personas, entre ellas su cuñada y el crítico literario Thomas Higginson,  quien por más de ocho años fue prácticamente su único lector y a quien le escribe  en su primera epístola: 'No sé si usted estará demasiado ocupado para decirme si mi poesía está viva'. Cientos de cartas y tan sólo dos visitas fueron suficientes para que Higginson decidiera publicar su obra póstumamente,  ya que ella jamás pudo vencer la agorafobia y el temor a ser leída; la poesía significó su vida y por eso le confiesa a su destinatario lo siguiente: 'Si un libro hace que sienta mi cuerpo tan frío que no hay fuego que lo pueda calentar, eso es poesía'.
En torno al enigmático encierro voluntario y la fuente de inspiración de la poeta se han fraguado muchos mitos, sobresalen los de dos amores no correspondidos o prohibidos, hacia un hombre casado o hacia una mujer, ninguno comprobable e innecesarios, pues lo realmente importante es que Emily, a pesar de sus miedos y fobias, creó entre cuatro paredes una gran obra poética que trasciende épocas, fronteras e idiomas y a la que hoy, paradójicamente, leen millones de lectores.
Publicado en Milenio Novedades. Mérida, Yucatán 14 de agosto de 2016.
http://sipse.com/opinion/miedo-lector-columna-rosely-quijano-leon-217874.html

martes, 9 de agosto de 2016

EL ÚLTIMO LIBRO

El escritor francés Michel Houellebecq dice que “los filósofos hablan mucho del amor, porque no tienen tiempo para practicarlo”, sin embargo Fernando Savater es una ejemplar excepción a esta afirmación.  “Aquí viven los leones. Viaje a las guaridas de los grandes escritores” es el título del que ha anunciado como su último libro, en él comparte por primera vez coautoría con su esposa, recién fallecida, Sara Torres a quien dedica un conmovedor prólogo que refleja el inmenso amor que sentía por su compañera de vida y de viajes, escrito, como él mismo dice, entre “lágrimas de amor y de gratitud por haberla conocido”.


La mayoría  de las veces los escritores nunca están conscientes de cuál será su último libro, Savater por el contario lo tiene muy claro, ha perdido a su compañera y su inspiración y por ello este recomendable libro pone el punto final a su larga trayectoria en las letras, sin duda ésta es la mejor forma de cerrar su ciclo, pues es también una declaración de amor a la literatura donde los lectores tienen la oportunidad de realizar, de la mano de los autores, un periplo por los lugares más emblemáticos de ocho famosos escritores: William Shakespeare, Stefan Zweig, Ágatha Christie, Edgar Allan Poe, Alfonso Reyes, Gustave Flaubert, Ramón del Valle-Inclán y Giacomo Leopardi. El recorrido por su vida y sus sitios están enmarcados con fotografías a modo de las postales que era costumbre enviar a amigos o familiares cuando se realizaba un viaje. Es así como podemos conocer el hogar, habitaciones, colegios y otros diversos lugares donde pasaron gran parte de su vida, o las multi visitadas lápidas y  tumbas donde hoy descansan sus restos. En cada autor se desvela su  lado íntimo y mundano, poco conocido y relevante para la valoración de sus obras, pero interesantísimo para los ojos de cualquier bibliófilo.

Las guaridas de los grandes escritores siempre están marcadas por la escritura, sus libros y sus romances, sin duda Savater ha pensado que la mejor forma de decir adiós a todos ellos es precisamente con estas últimas páginas a manera de homenaje y diciendo: “Yo sólo escribía para que mi mujer me leyera y ahora que no está no tiene sentido”, ¿acaso esto no desmiente a Houellebecq?, es Savater un apasionado filósofo prendado de la literatura que tuvo la fortuna de combinar su tiempo con sus dos grandes amores y por eso no debemos dejar de leer su último libro.

Publicado en Milenio Novedades, Mérida, Yucatán a domingo 31 de Julio de 2016.

jueves, 4 de agosto de 2016

CARTAS A UN ESCRITOR

La correspondencia en el siglo XIX fue la forma tradicional para entablar todo tipo de relaciones sociales,  las amorosas y prohibidas, como también las propias entre un escritor y sus lectores, que fueron más comunes de lo que podríamos imaginar. 
En 1846, Flaubert tenía 24 años, comenzaba a escribir su célebre novela Madame Bovary. Cierto día la escritora Louise Colete, once años mayor, realiza una de sus acostumbradas fiestas en los salones literarios, acude a ella el joven escritor y basta decir que a partir de entonces da inicio una apasionante y epistolar relación prohibida, más de tres mil cartas, en las cuales no sólo se habla de amor, sino de todo el proceso creativo y teórico narrativo del autor; lamentablemente las cartas de Louise a Flaubert fueron destruidas por su sobrina, quien las consideró inmorales y sólo se conservan las que el autor envió con ferviente pasión, evidentemente más por la literatura que por su amante,  hasta 1855. 
Pero Flaubert tuvo más de una lectora con la cual mantuvo comunicación epistolar: en 1856, ya publicada Madame Bovary en la revista literaria Revue de París y con el latente riesgo de censura, recibe una carta de la escritora Marie-Sophie Leroyer de Chantepie, autora de varias novelas, quien le declara su completa admiración, a la vez que le confiesa la fuerte identificación que encuentra con su protagonista femenina; el escritor, quien siempre ha desvalorizado el trabajo literario de las mujeres, considera un poco superficial y fútil la misiva, pero con el paso de los días y la insistencia de la autora comienza una prolongada amistad, meramente epistolar,  en la cual se discute sobre todo la relación entre la vida y la lectura; todo esto motiva a Mario Vargas Llosa a regalarnos el ensayo altamente recomendado 'La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary', basado en una declaración del autor: 'La única forma de soportar la existencia consiste en aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua. El vino del Arte causa una larga embriaguez y es inagotable'.



Madame Bovary marcó una independencia para las mujeres lectoras del siglo XIX, más que condenada por querer convertir su vida en una de las novelas románticas que lee desde pequeña, es el impulso de atreverse a ir más allá de los convencionalismos lo que la universaliza. Flaubert, enamorado más de la literatura que de la vida, haya tenido una intensa producción epistolar con mujeres que contribuyeron para construir una imagen renovadora de lo femenino. No se sabe, pero sin las cartas de Colete y Leroyer, la vida literaria y amorosa del escritor seguramente no hubiera sido la misma.

Publicado el Domingo 3 de Julio de 2016 en el periódico Milenio Novedades, Yucatán.

miércoles, 22 de junio de 2016

La literatura infantil y juvenil

En el amplio mundo de la literatura se distingue la que particularmente se dirige a los niños y jóvenes (LIJ), pero ¿cuándo se escribió el primer libro para niños? Imposible de saberlo, aseguran varios teóricos que se han dado a la tarea de investigarlo. Algunos afirman que es el Panchatantra, el libro de fábulas e historias de animales, publicado en el siglo VI en la India. Otros pedagogos dicen que no fue sino hasta el siglo XVII con los Cuentos de mamá Oca de Perrault; pero finalmente se le adjudica el mote del primer libro para niños a Las aventuras de Telémaco (1699) del escritor francés Fénelon. Cierto es que, hoy día, Francia es uno de los países que exporta el mayor número de libros infantiles y genera gran parte de los 350 millones de euros anuales que produce en ganancias este género literario. Su consolidación se dio en el siglo XX con la publicación de El Principito (1943) de Antoine de Saint-Exupéry, actualmente traducido a más de 297 idiomas y dialectos, entre los que destacan el otomí y náhuatl. 
La LIJ representa grandes ganancias para las editoriales y múltiples oportunidades para escritores, ilustradores y lectores, pues han roto las barreras de lo tradicional convirtiéndose en un despliegue de innovación y creatividad en todo el engranaje libresco. Afortunadamente han comenzado a sobresalir a nivel internacional escritores mexicanos dedicados a este rubro, por mencionar algunos: Francisco Hinojosa, con La peor señora del mundo; Javier Malpica, Juan Villoro, Elman Trevizo, entre no muchos otros como Luis Bernardo Pérez que recién obtuvo, con su novela histórica juvenil Calles de tinta y ceniza,  el Premio Gran Angular, que la Fundación SM y la Secretaría de Cultura otorgan; así como Antonio Malpica que conquistó el Premio Iberoamericano SM; ellos son sólo una muestra más de que los escritores están poniendo un interés muy especial en escribir para niños y jóvenes, revalorando las letras mexicanas, pues sabemos que también en la LIJ se suele encumbrar a las obras extranjeras, notable ha sido el éxito de las sagas de Harry Potter y Crepúsculo, sólo por mencionar algunas. 
Atrás quedó la época en que se desdeñaba a la LIJ por su falta de 'calidad literaria';  ahora sólo nos resta, como adultos,  promover y apoyar a los escritores mexicanos que ponen su tinta y papel para este público lector y, ¿por qué no?, asomarnos también de vez en cuando a los mágicos estantes de la LIJ, guardan el mundo que deseamos habitar.

Publicado el domingo 19 de junio de 2016 en Milenio Novedades. http://sipse.com/opinion/literatura-infantil-juvenil-columna-rosely-quijano-leon-210104.html

jueves, 5 de mayo de 2016

El libro ¿impreso o digital?

En el mes de diciembre pasado, se realizó en la ciudad de México la primera conferencia internacional de lectura y tecnología organizada por Libros México (CONACULTA), evento que fue transmitido en vivo víastreaming y en el cual estuvieron diferentes conferencistas de diversos países para presentar y reflexionar sobre la aplicación de las nuevas tecnologías de la información en el amplio mundo de la creación, difusión y fomento de la lectura y los libros.
Todas estas propuestas sumamente interesantes las he querido traer ahora a la memoria para hablar desde mi experiencia de la transformación o evolución del libro de lo impreso a lo digital. Y por supuesto, es meramente una opinión personal basada en mi percepción, con la cual muchos pudieran estar o no de acuerdo.
No tengo el recuerdo del primer libro que leí, pero sí el primero significativo que me leyeron, era un libro grande e ilustrado de Cuentos clásicos, con el cual mi hermana mayor me enseñó a leer porque estaba ya aburrida de leerme una y otra vez la historia de “Los tres cochinitos”, “El patito feo” y “Pinocho”, así  que decidió mejor enseñarme a leer para que lo hiciera yo misma. Ella fue realmente con quien me asomé a la maravillosa ventana de la lectura por primera vez.  Fueron tardes hermosas que recuerdo con gran detalle. Como también recuerdo la primera vez que mi mamá me compró un libro, un día que casualmente pasamos por la feria del libro que se realizaba en el palacio municipal. Ese  libro fue “Navidad en las montañas” y “Clemencia” de Ignacio Manuel Altamirano, era un libro 2 en 1, que lamentablemente no conservo, pero sí recuerdo con mucho amor. De ahí vinieron seguramente muchos otros libros importantes y significativos. En cambio, la primera vez que leí en digital no la recuerdo, y es que soy de una generación que vimos el paso de la máquina de escribir a la computadora y de ahí al acceso a internet y a las publicaciones digitales. En mi etapa universitaria estoy segura, eso sí, que habrá sido la primera vez que leí en formato digital, y seguramente fue algún artículo, ensayo o texto académico, pero no un libro completo.

Fue hasta hace apenas unos pocos meses, que por primera vez decidí comprar y leer un ebook, y esto fue ante la imposibilidad de conseguirlo en físico; ese libro es “Pulpo en su tinta” de Will Rodríguez, escritor yucateco, a quien escuché leer en una mesa panel uno de sus cuentos y simplemente me enganchó y me di a la tarea de conseguirlo. Confieso que no soy muy hábil en las cuestiones digitales y formatos de archivo y demás, así que mi compra fue algo fácil, pero no así el poder abrir y leer el archivo que te envían, pues existen una serie muy amplia de formatos como el Epub, FB2, Mobi, DRM que yo ni conocía, ni conozco aún y, por supuesto, el único familiar hasta entonces, el PDF; pero resulta que esa no era una opción de compra, así que realmente fue algo muy complicado hasta buscar y dar con un convertidor de archivos para pasarlo a PDF. Pero bueno, después de tanto batallar por fin pude leer de principio a fin “Pulpo en su tinta y otras formas de morir”, un libro condimentado con ironía, sarcasmo y un juego ambivalente entre la realidad y la ficción que manejados con gran astucia son una gran muestra del ingenio del escritor para hablar de temas como la muerte y la futilidad de diversas situaciones de la vida cotidiana que, probablemente, sin ser la intencionalidad del autor, llevan al lector a reflexionar sobre la seriedad con la que en ocasiones, tomamos ciertas situaciones que podrían verse con humor, con ironía desde otra perspectiva. Al ser un libro de minificción se presta para su lectura ágil en formato digital; no obstante, meses después llegó a mis manos por una causalidad afortunada el libro impreso, así que volví a leerlo, y de ahí es que puedo decir, con base en mi experiencia, que las dos lecturas, del mismo libro, no fueron las mismas, por supuesto, disfruté mucho más releerlo en el libro impreso, tal vez porque solo tuve que retirar el forro de plástico que traen los libros nuevos, pasar la portada y comenzar a leer y no un tortuoso procedimiento para abrirlo o convertirlo a ningún formato. El libro estuvo por unos días en la mesita de libros junto a mi cama, así que en cualquier momento del día podía tomarlo y leerlo, y, por supuesto, no tuve que lidiar con el brillo de la pantalla y el cansancio que a mí me produce leer en la computadora. Así es que, en conclusión, la lectura de este libro para mí fue mucho más placentera, provechosa y dichosa que su lectura en digital. Por eso pienso y concuerdo con el historiador francés, Roger Chartier, quien opina que la lectura en digital sin duda aporta nuevas opciones a los lectores sobre todo por su nivel hipertextual, el cual es muy útil para cierto tipo de libros o documentos que lo requieren, sin embargo apunta que, “el libro no va a morir como objeto, porque este “cubo de papel con hojas”, como decía Borges, es todavía el más adecuado a los hábitos de los lectores que entablan un diálogo con las obras que les hacen pensar o soñar”. 
Lo cierto es que, no podemos cerrarnos a los nuevos formatos del libro, pero tampoco podemos dejar de tener nuestro preferido, y creo que, los jóvenes lectores que con mayor facilidad pasan de un formato a otro sin problema y quienes tienen en sus manos el futuro del libro impreso, no lo dejarán morir, porque incluso ellos, en sus preferencias aún siguen teniendo al libro en físico, por accesibilidad leen más en el formato digital, más no por preferirlo, en la mayoría de los casos. Así que el futuro es esperanzador, porque nada podrá sustituir, por más que lo intenten, la sensación de tener un libro entre las manos, la textura y el olor de las páginas, y sobre todo, el sentido de pertenencia y de poder, al terminar de leerlo, buscarle el lugar apropiado junto con los otros libros que has tenido entre las manos y te has dado a la tarea de acoger en tu casa y ordenar en tu librero, porque sabes que cada uno se merece un lugar y un trato especial que una simple carpeta llena de archivos en la computadora no necesariamente tiene, porque carecen del color, el diseño y la originalidad de las portadas y los lomos que le dan versatilidad y color a tu librero.
Creo que aun los que impulsan fuertemente hoy en día las bibliotecas digitales y el libro electrónico en el fondo saben que uno no suple a lo otro, sino que se complementan. Pues en la Conferencia que mencioné al inicio, la cual seguí atentamente, me dio a mí y a todos los que preferimos al libro impreso, la razón,  pues en la participación de James English, de la biblioteca pública de Nueva York, quien explicó el proyecto Library Simplified que básicamente consiste en una colección de aplicaciones disponible para iOS y Android con el fin de que los lectores pudieran acceder con mayor facilidad a los ebooks desde cualquier dispositivo móvil, sucedió algo curioso, pues en su demostración,  los que yo llamo los “aluxes defensores del libro impreso” (los mismos que trajeron a mis manos el libro de Will Rodríguez),  hicieron de las suyas, pues al intentar mostrar cómo funciona la app desde un celular y una Tablet, ambos dispositivos fallaron y esa facilidad para acceder a leer en cualquier momento cualquier libro que quisieras se diluyó, aunado a que el celular se quedó sin batería y ya no pudo darse la demostración de tan novedosa invención, la cual, por supuesto, no dudo que así sea, tan eficaz, útil, rápida y accesible, siempre y cuando tengas suficiente batería y una buena señal de internet, lo cual, lamentablemente no siempre ocurre. Y ésta es una razón más por la que seguiré leyendo en físico todos los libros que me gustan y que quiero tener, aunque me estén dejando sin espacio en mi de por sí pequeña casa, pero también seguiré leyendo en digital todos los ensayos y textos académicos que me son útiles para los temas de investigación que sigo y las clases que imparto, porque no se trata de que uno anule al otro, se trata de las diversas oportunidades que no existían antes y hoy sí, afortunadamente para nosotros los lectores del siglo XXI.
Publicado en Encuentro Digital el 25 de abril de 2016. http://www.encuentrodigital.com.mx/index.php/editorial/108-colaboradores/rosely-quijano-leon/2503-el-libro-impreso-o-digital

sábado, 9 de abril de 2016

El extraño síntoma de la mujer lectora

Es curioso y hasta cierto punto irónico que Stefan Bollmann, escritor alemán, sea quien más haya escrito y divulgado sobre el papel de la mujer occidental como lectora a lo largo de la historia a través de sus libros más conocidos como Las mujeres que leen son peligrosas (2006), Las mujeres que escriben son peligrosas(2007) y Mujeres y libros. Una pasión con consecuencias (2015). Sin duda es interesante la pasión con la que Bollmann en estos libros ha realizado un repaso histórico fecundamente documentado e, incluso, ilustrado al relacionar su primer libro con la pintura, los retratos y fotografías de mujeres leyendo, todo esto para cuestionar si las mujeres que leen son o han sido peligrosas. Su visión masculina lejos de ensombrecer, al contrario, engrandece a las mujeres lectoras.


    La visión enigmática y subversiva de la mujer lectora que pudo tener en los siglos XVII al XIX, y probablemente hasta el XX, está íntimamente relacionada con los estereotipos y deberes, principalmente en el espacio doméstico, que le fueron adjudicados desde siempre. El escándalo que provocó en los círculos parisinos la “fiebre lectora” fue duramente criticada por pedagogos e intelectuales del siglo XVIII que veían inmoral y nada productivo tanto física como mentalmente el exceso de lecturas, en especial, en las mujeres. Quién diría que unos siglos después añoramos que pudiera darse nuevamente una “fiebre lectora”. Sin embargo, diferentes posturas, debates y opiniones pesarán sobre la mujer como lectora, los hombres discuten si deben o no leer, qué deben leer y los peligros que pudiera acarrear una lectura sin tutoría ni vigilancia que llevara a un trágico fin como el que retrató, en 1856, Flaubert con Madame Bovary.
    Todos los riesgos, atrevimientos, desobediencias, clandestinidad y rebeldía de las mujeres lectoras que se retratan en estos libros de Bollmann son una hermosa muestra de los obstáculos impuestos por el hombre mismo para crear el fetichismo de la mujer lectora. Observándolo desde el misticismo, intriga y misterio que se observa y se crea con la sola imagen de una mujer y un libro, cuantimás si esa mujer es alguien importante para la época, o simplemente la mujer común y corriente, muy poco retratada, pero que también lee. Hubo una época en que también se estigmatizó a la mujer lectora o escritora, aludiendo a su falta de “atributos” físicos para socializar, razón suficiente para refugiarse en la lectura como una forma de salvación o de esparcimiento, para vivir las historias (románticas) que no podría realizar o simplemente por la extrañeza con la que nace la mujer predispuesta a los libros, como lo retrata a la perfección el personaje Josephine de la célebre novela de Louisa May Alcott, Mujercitas de 1868, o Anne, la protagonista dePersuasión de Jane Austen, de 1817. Pero en la realidad esto lo vivieron en carne propia cientos de mujeres lectoras y escritoras, como el caso particular de la peruana Clorinda Matto de Turner autora de Aves sin nido (1889) o de Gertrudis Gómez de Avellaneda autora de Sab (1841) que son sólo una pequeña referencia a las mujeres latinoamericanas que en el siglo XIX se enfrentaron con la cruel y punzante opinión masculina con respecto no sólo a sus obras, sino a su apariencia física (señalando su poca feminidad)  y su extraña afición por la lectura y la escritura que siempre calificaron como menor o puramente sentimental, haciendo con ello eco de las palabras de Schopenhauer quien decía que los hombres tienen ideales, las mujeres sólo ilusiones. Sin duda alguna los mismos libros han dejado una huella imborrable de que el filósofo se equivocaba.
    Las opiniones masculinas en el siglo XX no cambiaron en mucho, por más que en México, por ejemplo, José Vasconcelos diera en apariencia un gran impulso a la educación de la mujer, en su campaña rumbo a la presidencia jamás alcanzada, encargándole a Gabriela Mistral la tarea de elegir y publicar los libros que las mujeres debían leer, lo cierto es que en el discurso no dejó de plasmar su sentir: “para mí, la forma del patriotismo femenino es la maternidad perfecta”. La mujer debía educarse, ser lectora, pero no dejar de lado sus roles históricos y socialmente establecidos, bajo riesgo de considerarse peligrosa, subversiva, inmoral o hasta loca, y aquí sin duda retumba el recuerdo de Elena Arizmendi Mejía y María Antonieta Rivas Mercado, ambas amantes del apóstol de la educación, pero mujeres independientes, lectoras, feministas y derrumbadas por una sociedad no preparada aún para mujeres pensantes y con opiniones propias como ellas y otras tantas.
   A mitad de siglo la vida va revolucionando, la radio, la televisión, el cine, Hollywood y la fábrica de los sueños va en vertiginoso aumento. La gente ha dejado los libros poco a poco a un lado porque ahora pueden escucharse y verse, pueden imaginarse a través de los ojos de los otros. La mujer pasa a ser figura central por su belleza y no por su inteligencia; así que el estereotipo es ahora la mujer famosa, con glamour y estilo, dedicada a la vida matrimonial y doméstica, la esposa perfecta o la mujer fatal que arrebata a las de su misma especie al marido o novio sólo por ser más sexy y menos anticuada. La mujer lectora es pues, como lo vislumbra Rosario Castellanos, una especia de “bicho raro”, en su novela autobiográfica Ritos de iniciación; Cecilia, la protagonista tiene que vivir las peripecias de ser provinciana, ser mujer y estudiar una carrera de letras donde domina la intelectualidad masculina, menosprecian a la mujer escritora y lectora asumiendo estereotipos como “debe ser lesbiana, solterona o poco femenina”.
   Pero en 1952 puedo darse ser el primer paso para romper con los estereotipos anteriores, Eve Arnold tiene la atinada decisión de captar uno de los momentos más emblemáticos, y hoy en día más difundidos y también cuestionados, de Marilyn Monroe, la famosa fotografía del símbolo sexual del siglo XX: Marilyn leyendo el Ulises de Joyce. Los cuestionamientos no se hicieron esperar, mujer, belleza y libros no habían sido captados y difundidos tan abiertamente hasta entonces, el mito de la mujer lectora y peligrosa sigue vigente, no es esta la única foto de la estrella de cine leyendo y tampoco es la única mujer famosa ni no famosa que lo hace, su atrevimiento causó en los hombres un mayor placer, deseo y atracción en la mujer seductora y misteriosa que les dice con esas fotografías “no sólo soy deseable porque soy muy guapa, sino también porque leo libros sesudos”.
   El extraño síntoma de la mujer lectora sigue causando no necesariamente peligro ni miedo, pero sí atracción, las lectoras que somos hoy, según las estadísticas, mucho mayor en cantidad que los hombres, no somos un grupo homogéneo ni estático, las mujeres leemos distintos géneros, temas, formatos, tenemos diferentes gustos y capacidades, somos como lectoras exactamente igual que los hombres, leemos también por gusto, por placer, por curiosidad, por saber más, hay lectoras para toda la amplia gama editorial, desde el best seller o la literatura canónica, la lectura “light” o la “alta” literatura (lo que sea que eso signifique), leemos desde las revistas femeninas hasta los cómics, sí  leemos, pero no todas leemos lo mismo, tenemos el síntoma de la mujer lectora, pero entre nosotras mismas no debemos adoptar la misma actitud del hombre históricamente recurrente, de desprestigiar lo que leemos, sería doblemente injusto y deshonesto. Con el paso del tiempo pareciera que adoptamos la misma actitud de arrogancia del intelectual masculino, y sin embargo creo que sí existen no una sino muchas razones por las que las mujeres leen, no por sentirse más sino por encontrar entre las páginas de un libro un sentir, una vivencia, un algo que nos haga feliz o también para desahogar los sueños inaccesibles, las ilusiones rotas, el desamor o los sentimientos reprimidos, leemos para encontrarnos y los libros con el paso del tiempo nos ofrecen la seguridad para ser independientes y expresar sin remordimientos nuestras opiniones, y es esto lo que pienso que sí resulta ser la consecuencia del extraño síntoma de la mujer lectora, la que lee para sí, para encontrarse y no para dividirse y apartarse del resto de las mujeres. Son éstas, probablemente las lectoras que causan cierto temor, pero a la vez una misteriosa atracción indescriptible.
   “Leo porque me he tomado el derecho que nadie dádome ha…y porque si no lo hiciera me hubiera ya muerto de tantas lágrimas. Porque la palabra es mi respiración, porque si no leo hoy una flor se cierra en el monte. Leo para levantarme las manos de tanta suciedad que a mi alrededor se acumula”, éstas son algunas de las razones de ser lectora de la periodista y escritora María Luisa “la china Mendoza”, y así seguramente cada mujer lectora, cada lector en general tendrá sus razones para leer, todas válidas; yo creo que leo porque entre las páginas encuentro las vidas ajenas que hubiera querido tener y porque los libros son mi refugio favorito en algún momento del día para la soledad. Por eso pienso que hoy en día las mujeres que leemos no somos peligrosas, son peligrosos las mujeres y los hombres que no han tenido la oportunidad o la suerte de leer, pero sobre todo son aún más peligrosos los que leen y con esto asumen que ya son una autoridad intelectual para desdeñar lo que los demás leemos, porque entonces con ello muestran que el peligro de leer no está en ser hombre o mujer, sino en utilizar la lectura como una bomba de soberbia y de irracionalidad sobre el que siendo o no lector es simplemente, humano.

Referencias:
Bollmann, Stefan:
Mujeres y libros. Una pasión con consecuencias. México, 2015, Seix Barral.
Las mujeres que leen son peligrosas. Madrid, 2006, Maeva. 
Sefchovich, Sara. El cielo completo. Mujeres escribiendo, leyendo. México, 2015, Océano.

Publicado en Encuentro Digital el 29 de marzo de 2016.
http://www.encuentrodigital.com.mx/index.php/editorial/108-colaboradores/rosely-quijano-leon/2036-el-extrano-sintoma-de-la-mujer-lectora#.VvtRFTs-AKg.facebook

martes, 29 de marzo de 2016

JUANA BORRERO: EL CISNE JOVEN Y ATORMENTADO (Cuba. 1877-1896)

El Modernismo tuvo pocas, pero muy valiosas expresiones femeninas que se vislumbraron en los inicios del siglo XX. Sin embargo, en Cuba, en 1877, nace la hija del poeta Esteban Borrero destinada a crecer en un ambiente familiar de amor al arte, la literatura y el conocimiento en general. Juana Borrero será en su corta vida pintora y poeta de espíritu precoz, niña/musa o poeta/maga son algunos de los calificativos que los mismos poetas Modernistas como José Martí y Rubén Darío le adjudican a la poeta adolescente, quien desde los siete años escribe su primera rima “Sol naciente” y a la que conocería Julián del Casal cuando ella apenas tenía 14 años y quien se convertirá en su más breve, pero a la vez, mayor influencia literaria. Julián del Casal muere en 1893 no sin antes haber publicado, apenas dos meses antes de su muerte, en La Habana Elegante el 20 de agosto, un poema-retrato titulado “Virgen triste”, calificativo que le quedará marcado a Juana para la posteridad:

 Al roce imperceptible de tus sandalias
polvo místico dejas en leves huellas
 y entre las adoradas sola descuellas,
pues sin tener fragancia como las dalias
 tienes más resplandores que las estrellas.

 La producción poética de Borrero no es exigua, incluye colaboraciones en las mejores publicaciones habaneras de la época, como La Habana Elegante, La Habana Literaria, El Fígaro, entre otros. Un año antes de su prematura muerte, 1985, publica Rimas, en la biblioteca Gris y Azul, la mayoría de sus poemas aparecen en la antología Grupo de familia, poesías de los Borrero, publicada también el mismo año. Aunado a su producción poética se ha hecho gran énfasis en su obra epistolar, producto de la relación amorosa con el también poeta Carlos Pío Uhrbach, obra que la crítica ha dado en reconocer que más allá del romance y las pasiones entre dos jóvenes enamorados se puede entrever la situación social del momento de Cuba en medio de la guerra. Moris Campos opina que “el epistolario documenta una pasión donde Borrero expresa la necesidad de posesión absoluta del ser amado, a la vez que lleva a cabo la más exquisita y atormentada (re)creación de sí misma. Borrero se inventó con el fin de seguir la ruta vital que Casal le dejó en herencia, por una parte, y los modelos femeninos finiseculares de los que —dada su naturaleza apasionada y fuerte temperamento—, se alejaba”
Su obra refleja algo más que el sentimentalismo de una adolescente enamorada o romántica, pues en sus poemas “se respira el espíritu parnasiano de búsqueda de la perfección formal” (Campuzano, Luisa), y aunque en sus poemas se desborda, como es natural, un sentimiento romántico, la crítica actual ha notado en su obra una gran influencia y tendencia modernista, no sólo por ser público el hecho de que fuera reconocida por Rubén Darío y el mismo José Martí, a quien conoce en Nueva York en 1892, sino también por la notable influencia en su poesía de otros poetas Modernistas como Gutiérrez Nájera, que se hace evidente en un poema titulado Vorrei Morire: “Quiero morir cuando al nacer la aurora/ su clara lumbre sobre el mundo vierte” que hace clara alusión al célebre poema Para entonces, y que como Iván Schulman afirma, no se trata de una simple copia sino de analogías en el discurso que se infieren como un “estilo modernista moldeado” que posee Borrero. No obstante, los autores modernistas del momento, la encumbraron y hablaron de ella, pero con el mismo tono con el que se hablaba de las mujeres escritoras decimonónicas, con cierto recelo y, sobre todo, enfatizando que aquellas eran “un caso especial”, o como diría Darío de Juana, “persona extraordinaria”, una excepción a la “vegetación común”. Y es que el pensamiento de Darío, como el propio de los hombres escritores de su época, se deja entrever en este fragmento de una de sus entregas en la revista “El mundo del arte” de 1894: “una mujer excesivamente ilustrada es tan peligrosa como la mujer ignorante, porque la excesiva ilustración, como la ignorancia inicial, la separa de su gran arte, que es el sentimiento, de su gran ciencia, que es el hombre, de su segunda religión, que es el hijo”; y con esto no habla sólo Darío sino las voces masculinas de todo un siglo que además tendrá repercusión en la centuria siguiente. Es así que Juana Borrero, pese a esa indiscutible aportación a la poesía modernista, no ha sido siempre reconocida y mencionada en las antologías o los textos críticos que abordan esta corriente literaria.

 Adicional a su efímera, pero valiosa producción poética, la crítica también ha estudiado y analizado su obra epistolar dedicada a su único amor, el poeta Carlos Pío Uhrbach, con quien estaba comprometida a casarse, lo cual nunca llegará a suceder dada su anticipada muerte. Su obra epistolar, descubierta hasta 1964 por su hermana Mercedes, cambiará el mito que se formó por varias décadas entorno a Juana como la joven virginal y casta que se vislumbra en su poesía y que le adjudica Casal. “Las cartas de Borrero recogen, por último, las huellas supremas de la pasión: las lágrimas y la sangre” y es ahí donde la crítica y los que se han abocado al estudio de su obra han encontrado mayores rasgos de la joven poeta; ejemplo de ello es el trabajo de Judith Moris Campos quien se cuestiona en él si Ana Borrero fue la “virgen triste” como la describió Casal o una “impúdica vestal” por la carga de emociones, temperamento, pasiones sensuales y sentimientos de protesta reprimidos que vuelca en sus apasionantes cartas. Eliana Rivero afirma que “la Juana Borrero que se despliega en el Epistolario signa su futuro destino a manos de la crítica: el amor aniquilante, autodestructivo, exigente hasta el fuego de la absoluta posesión espiritual es el nuevo sello con que a Juana se la lee, la niña-virgen se revela como amante-tigresa, obsesionada y delirante”

Cualquiera de las dos caras de Juana Borrero refleja que su corta vida la dedicó a la literatura y la pintura probablemente porque leer y escribir es, como afirma Sara Sefchovich, “la primera forma de independencia, y de hecho la única posible para las mujeres a lo largo de la historia”. Una vida efímera que dejó una importante producción literaria que ha quedado para los estudios críticos actuales. En sus últimos días de vida, poco después de cumplir apenas 18 años, Juana Borrero escribe el poema titulado “Última rima”:

 Yo he soñado en mis lúgubres noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
con un beso de amor imposible
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.

 Muere el 9 de marzo de 1896 a causa fiebre tífica, deja un legado poético y epistolar importante que no sólo contribuye a darle una voz femenina al fin de siglo y al Modernismo, sino que también vislumbra a la mujer joven poeta, la mujer finisecular que se caracterizó por ser el cisne joven y atormentado que en sus últimas rimas tan sólo pidió: Dame el beso soñado en mis noches, en mis noches tristes de penas y lágrimas, que me deje una estrella en los labios y un tenue perfume de nardo en el alma.



 REFERENCIAS:

 Campuzano, Luisa (1997) Mujeres latinoamericanas: Historia y cultura siglos XVI al XIX. Tomo II. La Habana Cuba, Casa de las Américas/Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Moris

Campos, Judith (2009) “Juana Borrero: ¿Virgen triste o impúdica vestal? En Espacio laical. En: http://www.espaciolaical.org/contens/17/8689.pdf

Rivero, Eliana (1990) “Pasión de Juana Borrero y la crítica” En Revista Iberoamericana. file:///C:/Users/sora%C3%B1o/Downloads/4789-18950-1-PB.pdf “Homenaje a Juana Borrero” en La Habana Elegante. http://www.habanaelegante.com/Spring2003/Azotea.html

 Publicado en Encuentro Digital, 1 de marzo de 2016.

domingo, 31 de enero de 2016

Dejando atrás el olvido. Sobre la novela inédita “El pacifista” del Dr. Pedro I. Pérez Piña

La literatura yucateca, tan ajena para muchos, tan necesaria y viva para otros, aún necesita hoy en día de múltiples voces que asomen para hacerse presentes en el panorama general del corpus literario que debiera incrementarse dado lo proficuo de las plumas que han surgido y continúan surgiendo en estas tierras yucatecas. Hace más de una década, como alumna de la licenciatura en antropología con especialidad en lingüística y literatura de la UADY, surgió del trabajo de titulación el interés por un escritor poco conocido y valorado que llegó a mí a través de mi asesora de tesis, la Dra. Margaret Shrimpton; se trataba de la novela “Atavismo” escrita en 1930 y galardonada en España, escrita por el Dr. Pedro I. Pérez Piña, nacido en 1888 en Ticul, Yucatán, pero quien viviera por muchos años en el puerto de Progreso. Fue así como inició el interés por difundir la encomiable labor literaria de este escritor, en ese momento vislumbramos su vasta producción únicamente en los datos biográficos, pues carecíamos de la mayoría de los manuscritos o ediciones de las novelas que escribió. Con el paso del tiempo, este trabajo de titulación se convirtió en el libro “Los olvidos de la literatura yucateca de principio del siglo XX: Pedro I. Pérez Piña”, editado en 2012 por Sedeculta, y quien nos diera la oportunidad el año pasado de poder reeditar la novela “Los irredentos”, misma que se presentó en el mes de noviembre en la Casa de la Cultura del puerto de Progreso. Ahí supimos la grata noticia de que Doña Nilde Pérez de Palma, escritora progreseña e hija de don Pérez Piña había recuperado un texto inédito de su padre, titulado “El pacifista”. Grata noticia dado los años que han transcurrido desde que falleciera en 1965 y pasara a formar parte del olvido de las letras yucatecas, probablemente por múltiples razones, pero ninguna de ellas válida como para dejarlo sepultado en el polvo de los archivos y bibliotecas familiares. A pocos días de la presentación de “Los irredentos”, la familia Palma Pérez realizó la edición de la novela “El pacifista” para conmemorar los 128 años de su natalicio, el pasado 25 de enero. Nuevamente fue la Casa de Cultura de Progreso (que debiera llevar su nombre, propuesta sugerida, y muy merecida, por el Mtro. Manuel Figueroa) el lugar para reunirnos a leer y recordar a un escritor que a través de sus palabras logra plasmar la hecatombe humana en sus diversas formas, pero, a la par exaltar el sentido de humanidad que a fin de cuentas resulta ser la intencionalidad de sus obras, recordarnos la importancia de los valores universales y fundamentales para cualquier sociedad.
“El pacifista” ha sido un gran descubrimiento no sólo para su familia, sino para sus lectores en general, descubro en esta novela una madurez intelectual y narrativa, la influencia literaria que nutre sus palabras y la sencillez para incluir, nuevamente, las voces de escritores como Mediz Bolio y Delio Moreno Cantón, a quienes se aprecia leyó y admiró aún siendo contemporáneos a él. Pero en esta ocasión hay también un sorpresivo giro en su estilo tanto en el tema como en la forma, con una innovación narrativa en el hilo argumental que precipitadamente considero pionero en Yucatán en esa estrategia, pero que requiere de un estudio mucho más profundo para llegar a ser una afirmación. Es sin duda alguna, Pérez Piña un escritor que se reinventa, nueva faceta que se vislumbra con esta novela, que al igual que las anteriores debe formar parte de la tradición y del corpus literario yucateco. La intencionalidad de la familia y de algunos que nos hemos sumado a ellos es precisamente el rescate y difusión de sus obras tan vivas, tan actuales, que aún escritas en el Yucatán de principios del siglo XX siguen haciéndonos vibrar y conmovernos al ver retratados en sus personajes y, sobre todo, en los diálogos, una verdadera conciencia social del escritor que seguramente decidió dedicar las pocas horas de esparcimiento que la profesión de médico le dejaba para plasmar sus ideas, visionarias en muchos casos, para advertirnos sobre las catástrofes que suceden cuando se pierde lo esencial, nuestro sentido humano. Es por esta razón que su familia, hijos, nietos y bisnietos siguen celebrando el encuentro afortunado de las obras de don Pedro Pérez Piña, celebración a la que nos sumamos quienes admiramos la obra de este encomiable escritor, que nos seguirá sorprendiendo, pues recién doña Nilde ha tenido la fortuna nuevamente de encontrar entre sus libros la novela inédita “Kamiro Yalu”. Yo pienso que los manuscritos de don Pérez Piña son como el “libro salvaje” de Juan Villoro, que van cambiando de lugar en los libreros sin que nadie se de cuenta y se aparecen y desaparecen a su antojo. Así le ha pasado a doña Nilde porque después de más de 50 años, creo que apareció esta novela en el momento adecuado, en el momento en que don Pedro Pérez Piña ya está convencido de que va dejando atrás el olvido para sorprendernos nuevamente y sobre todo para ayudarnos a sustentar que debe ser considerado ya un prócer de las letras yucatecas. Publicado en el periódico Por Esto! El Jueves 28 de enero de 2016.