sábado, 19 de abril de 2014

ELENA ARIZMENDI: LA AMANTE Y LA LÍDER

Adriana: La versión en papel De la pluma de José Vasconcelos, a raíz de sus obras autobiográficas “El Ulises Criollo” y “La tempestad”, surgió un personaje que se convirtió en figura emblemática y referencia obligada en la cultura mexicana contemporánea que encarna el papel de “la amante”, llamada Adriana en ambas obras; incluso José Emilio Pacheco llegó a considerar los pasajes donde ella aparece, entre “las mejores páginas de la literatura erótica mexicana” y es que este personaje “corresponde a la imagen de la hechicera erótica o la mujer fatal que fue un tropo generalizado en la cultura occidental del siglo XIX y cuya influencia fue perdurable hasta el siglo XX”, el papel de la amante se estereotipa a partir de su capacidad de manipular, envolver, engatusar y destruir a los hombres con su poder de seducción, pese a que Sor Juana, casi tres siglos antes había dicho a los hombres: “y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas”; sin embargo, se arraigó el estigma de la amante como la mujer fatal y destructora de hogares, así como única culpable de la hecatombe del hombre. En Vasconcelos este personaje cobra una gran fuerza debido a la condición autobiográfica de las dos obras ya mencionadas donde aparece Adriana. En una carta dirigida desde Lima a un amigo mexicano Vasconcelos hace un esbozo inicial del personaje de Adriana: Cinco años estuvo el monstruo, mitad pulpo, mitad serpiente, enroscado en mi corazón, provocando el ansia vehemente de exprimir una vez más la boca maldita donde está el narcótico. La creación del personaje de Adriana, de José Vasconcelos está inspirado en quien fuera su amante en la vida real, Elena Arizmendi, no obstante lo que representa la figura de Vasconcelos en esa época como personalidad pública, con una trayectoria como actor importante de la Revolución Mexicana, pero sobre todo, como rector de la Universidad Nacional y Secretario de Educación Pública nublan por completo la presencia real de Elena, y la limitan únicamente a la amante, compañera, amiga y aun “soldadera” de Vasconcelos, distorsionada por la versión que él ofrece de la mujer de carne y hueso que inspiró el personaje femenino protagónico de sus obras, y que él configura a su manera desdibujando la verdadera esencia de Elena al ser Adriana “producto de la imaginación creativa y del despecho amoroso del autor”.
ELENA: La mujer real Pero Elena Arizmendi Mejía, es mucho más que la simple inspiración al personaje emblemático de Vasconcelos y de la narrativa mexicana del siglo pasado. Nació en la ciudad de México el 18 de enero de 1884. Se casa a los 15 años, matrimonio que culmina en separación y la conduce a estudiar alguna de las dos únicas opciones que tenían las mujeres en esta época: ser maestra o enfermera, y Arizmendi optó por la segunda, cursando sus estudios en San Antonio, Texas que culminó en 1911 y que le dio oportunidad de conocer a Francisco I. Madero y su esposa Sara Pérez, con quienes se identificó inmediatamente por su simpatía con el movimiento maderista, razón suficiente para regresar a México en 1911 y comenzar su etapa de precursora del feminismo, así como de su vocación por la ayuda humanitaria que la convertirían en un ícono como líder de diversos movimientos que llegó a encabezar. Uno de ellos es el proyecto altruista de la Cruz Blanca Neutral, alternativa frente a la oficialista Cruz Roja Mexicana que brilló por su ausencia durante la guerra de Ciudad Juárez que se libraba en esos momentos. Elena Arizmendi realizó las gestiones necesarias y creó una alternativa para “prestar servicios médicos humanitarios a los que sufren, sin distinción de identidad política, religiosa y nacionalidad, cuidando a todos con la misma piedad y solicitud”. No obstante, como sucede muchas veces con los grandes líderes, Elena fue blanco de envidias y oposiciones a su iniciativa, debido a su estrecha amistad con el matrimonio Madero, dividiéndose así la organización que ella fundara en la Cruz Blanca Mexicana, que ella seguiría encabezando, y la Cruz Blanca Neutral que se les quedaría a sus detractores, sin embargo, debido a este conflicto fue que tuvo la oportunidad de conocer a José Vasconcelos y es ahí donde inicia el idilio amoroso y prohibido que mantuvieron por varios años hasta que ella decide abandonarlo e irse a Nueva York donde iniciaría su faceta de líder feminista, periodista y escritora. Fuera de México, Elena concibe el proyecto más ambicioso de su faceta de feminista, la “Liga internacional de mujeres hispanoamericanas” también conocido como “Liga de mujeres de la raza”, que surge como resultado de su asistencia al Congreso de Baltimore en 1922 donde se da cuenta del menosprecio de las feministas estadounidenses por las hispanoamericanas; así en 1923 cobra vida el proyecto de Arizmendi. Encabezando la lucha feminista como Presidenta de la Liga de mujeres Ibéricas e hispanoamericanas participó en la lucha por la defensa del sufragio femenino en la década de los veinte; sin embargo, fue notoria su ausencia en el Congreso de Mujeres de la Raza, celebrado en 1925, donde el enfrentamiento entre las feministas de las izquierdas radicales y las derechas moderadas parecían irreconciliables. La vida de Arizmendi culmina tranquilamente en una casa de Coyoacán con todos los honores que una mujer de su talla debiera tener, la Cruz Blanca Neutral e incluso la misma Cruz Roja Mexicana le dieron el último adiós con el sonido de las sirenas de las ambulancias que siguieron su cortejo fúnebre. Mujer de papel y de carne y hueso, la amante y la líder son al fin una sola mujer, ambas se complementan; en vida tuvo belleza, talento, inteligencia y liderazgo, más en su obra autobiográfica “Vida incompleta. Ligeros apuntes sobre mujeres en la vida real”, no deja de notarse la nostalgia y la incomprensión que la acompañó a lo largo de toda su vida. Su verdadera esencia se encuentra, no en ser la amante de Vasconcelos, sino en su labor altruista y en el liderazgo incansable que conjuntamente con su belleza y su talento la llevaron a ser una de esas pocas mujeres que uno no puede menos que admirar. Publicado en Por ESto, 17 de abril de 2014.